Si uno se pasea por cualquiera de las grandes ciudades de Occidente podrá observar un fenómeno normal: que los rótulos comerciales son en todas un batiburrillo de lenguas, formas y colores. En todas salvo en una, por supuesto -en Barcelona- donde lo «normal» ¡se ha «normalizado»!, para lugar a un resultado que parecería pintoresco si no constituyera un atentado a la libertad individual: y es que en la antes cosmopolita Barcelona, como en toda Cataluña, solo se puede ya rotular en catalán.
Así, si uno es, por ejemplo, amante de la ópera, vecino de Nagasaki o forofo del Japón y desea, por ello, llamar «Madame Butterfly» a un negocio, pongamos, de kimonos, discos o productos orientales, en Cataluña debería rotularlo «Senyora Papallona». ¡Inenarrable!
Como era de esperar, ahora nos ha tocado el turno normalizador a los gallegos. Pero como los nacionalistas de aquí van siempre un paso por detrás de sus compañeros catalanes, la propuesta de rotulación del BNG se concreta, no en obligar a nuestros comerciantes, sino en comprar su libertad -mediante subvenciones selectivas y discriminatorias- con dinero que sale del bolsillo de todos los contribuyentes: los que rotulen en gallego recibirán pasta de los presupuestos autonómicos, y los que no, sufrirán el público desprecio del poder.
El diputado Lobeira, convertido por méritos propios en el Superagente 86 de la normalización, proclama, sin embargo, que no debemos preocuparnos, porque la medida que ahora se prepara «non se trata de unha imposición, senón de respecto aos dereitos dos cidadáns». ¡Es increíble! Tanto que, aunque cabría pensar que el señor Lobeira desconoce qué es la libertad -la «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar», dice el Diccionario-, lo que sucede en realidad es otra cosa: que el BNG impulsa desde hace años una política destinada a erradicar el castellano de Galicia. Ese, y no otro, es el objetivo de la, eufemísticamente llamada, normalización lingüística.
Que el BNG tenga esa pretensión es coherente. Que la asuma, sin más, el Gobierno bipartito, ha de resultar desalentador para miles de votantes socialistas. Pero lo peor de todo es que la acepte, resignada, una sociedad que no la comparte de forma muy mayoritaria: «Nada es más sorprendente para aquellos que se ocupan de los asuntos humanos con mirada filosófica, que ver la facilidad con la que las mayorías son gobernadas por las minorías; y observar la implícita sumisión con la que los hombres renuncian a sus propios sentimientos y pasiones a cambio de los de sus gobernantes». Así lo denunciaba el filósofo David Hume en 1758, y así continúa siendo, por desgracia, doscientos cincuenta años después.








